viernes, 12 de junio de 2015

Artaud

"Hay un cordero muerto", advertían insistentes. Como si no supiéramos quién es Artaud, como si los cuentos infantiles no tuvieran su lado terrible. La bruja engorda a lxs niñxs para comérselos, el lobo deglute a la abuelita y le arranca la cola a un cerdito. Barbazul encierra a sus mujeres bajo llave. Y Alicia... qué decir de Alicia...

"Pero mirá que hay un cordero muerto"... como si eso fuera peor que la denuncia acerca del desencantamiento, la conciencia de una especie que ya no se maravilla con los rayos de la tormenta o con el sol, con el sutil velo opalino de la luna y con el murmullo de los arroyos... como si no fuera inmensamente más trágico ver el dispositivo de vigilancia disciplinando la denuncia, el grito que crea y salva; ver ese cuerpo que ha llegado al límite de sus fuerzas y que, sin embargo, debe seguir avanzando.

Decía Artaud justamente: "poco me importa que ante mí se abriesen las puertas más terribles, lo terrible ya estaba en mis espaldas".

No deja tampoco de sorprender la estetización de lo siniestro, nuestra capacidad de ver belleza en la tragedia, y esta obra lograba interpelarnos también en ese punto. Los juegos de luces y sombras, la poesía y una acústica impecable del sonido como metáfora del desgarro interno, de la locura, de las pasiones desatadas que chocan contra las paredes ascéticas del mundo.

Se invocó allí nuestro propio goce morboso ante la contemplación impávida de los métodos de tortura que en algunos momentos hemos legitimado como intrumentos válidos de la ciencia al servicio de cierta concepción de humanidad profundamente deshumanizada. Así el electro-shock, así la sangría. Esa concepción extraña de creer que en el cuerpo encarna el alma, que es posible mutilar el espíritu masacrando la carne... Y no hubo una representación del sufrimiento, no hubo mediaciones. Esos cuellos soportaron el peso de las piedras que les tapaban la boca, los orificios vitales por los que el cuerpo respira...

Brillantes las críticas también... brillantes y filosas como un cuchillo... El artista no debe tener una institución... La promoción religiosa de la antropofagia... La teoría de las dos bocas o de la lengua anal como metáfora de la mirada maníquea.

Y de la oscuridad brotaban las risas. Brotaba la vocecita inocente de Vicente preguntando por el dragón de komodo o por el gato de peluche que flotaba suspendido en el aire, en medio de paredes a medio revocar, en un espacio que tenía más de fábrica abandonada que de casa de altos estudios o de centro de arte experimental...

Por momentos el cielo se metía en la sala por una ventanita que pocxs advitieron y que daba algún respiro a esa atmósfera asfixiante.

Quizás había más de un cordero en ese espacio. Y casi todos muertos. Pero eso no preocupaba a los inspectores.

jueves, 11 de junio de 2015

El tiempo entre nosotros (in progress)





“Dejar el lugar acostumbrado para repensar nuestro vínculo con lo que nos rodea y habitar de una manera siempre cambiante los días, las horas, las relaciones, el espacio”.



“Una frase trivial es seguida por una reflexión enigmática sobre las relaciones familiares, la muerte o la ausencia. El resultado es un extrañamiento –sin duda, basado en las técnicas del absurdo y del surrealismo–, en el que los momentos más insustanciales se intercambian con los fragmentos de rememoraciones esenciales. En ese intercambio ya no se sabe qué es lo importante en el lenguaje”.

Mondongo

Pienso, mientras viajo en el subte, con la sensación aún fresca de tus labios en mi boca y todavía aturdida por la cantidad de palabras por minuto que intercambiamos desde este sabernos y necesitarnos como interlocutoras de vida, que el cierre de esta jornada se vislumbra soñada.


Bella clase de piano, con disquisiciones sobre la extrema simpleza de la quinta sinfonía de Beethoven y el poder casi viral (en términos TIC) de un motivo sencillo que se multiplica y se complejiza, que se desdobla, que se repite sigiloso, que muta, se expande, se reduce...



Después la maravillosa sensación de libertad que da burlar los calendarios, la estricta planificación sobre el uso del tiempo, los recorridos previstos... y encontrarte en la ciudad, pajarita en bicicleta voladora, en un paisaje nuevo y con el deseo entremezclado de vernos y de entregarnos a experiencias que nos transformen.


Así, tomarte de la mano frente a una escena propia del Laberinto del Fauno... tomarte de la mano para vencer el miedo que inspira ese Pinocho macabro rodeado de muerte que nos mira entre perdida y pervertidamente. 



Él nos mira verlo. Nosotras lo vemos mirarnos. Un juego de espejos que estalla en carcajada y pelotitas de papel.


Y después la luna... siempre la luna, hoy doblemente abrazada por el halo de luz que expande su presencia...


Y nos reímos adolescente y abrasadoramente con juegos de palabras en un umbral en donde la bohemia desnuda un juego de luces y sombras en el continuum palermitano.


Me espera todavía mi casa y la escritura, la música tranquila, la luz tenue y el olor a sándalo.

Yanov

No recordar el origen. Recordar, sí, la mirada cómplice, la adrenalina, la carrera contra el reloj, pisteando con tu aliento… siempre con tu apuesta fuerte a que podríamos lograrlo. 

Arriesgarse. Arriesgarnos divertidas. 

Ya había un plan B, de todos modos, tan imposible como el otro; igualmente encantador. 

Pero en la de menos estábamos ahí, entre una multitud anónima en la que destacaba la “torta mala”, ésa que miraste con cierta desconfianza, entre los cuerpos otros, los cuerpos-máquina, pretendidamente más anónimos que los nuestros, los de quienes espectábamos expectantes. 

“En todas partes máquinas, y no metafóricamente: máquinas de máquinas, con sus acoplamientos, sus conexiones”. 

Máquina y ser vivo son ambos organismos, sistemas. Un conjunto de componentes que se interrelacionan con arreglo a un fin. Más que la suma de las partes. 
Y ahí estaban los autómatas. Los que se movían de acuerdo a una partitura invisible, repitiendo a un tiempo la rutina individual y la colectiva. Ellxs o nosotrxs, da lo mismo, repetíamos acríticamente el movimiento del sí mismo y el circuito que nos conectaba a lxs demás. Ahí estábamos todxs repitiéndonos. 


Unxs respondiendo automáticamente cuando nuestros cuerpos se interponían en la órbita de lxs performers, atreviéndonos solo a observar a estxs otrxs, a no intervenir. 

“Una máquina-órgano empalma con una máquina-fuente: una de ellas emite un flujo que la otra corta”. 

Todxs teníamos aprendido nuestro papel subiendo y bajando por el ascensor, observando con gesto progresista y cool lo que allí acontecía, lidiando con las estructuras metálicas que simulaban ser el único elemento arquitectónico que condicionaba la secuencia de movimientos, subiendo y bajando escalones. 

Máquina y ser vivo son ambos organismos. Pero uno no piensa; uno no siente. 

“Ello funciona en todas partes, bien sin parar, bien discontinuo. Ello respira, ello se calienta, ello come. Ello caga, ello besa”. 

El embelesamiento ante la obra de arte. El éxtasis. La expresión del concepto o de la emoción. El aura. La certeza de que allí estaba pasando algo del orden, quizás, de lo trascendente. Y, disruptivas, a nosotras se nos antojaba reírnos, se nos escapaba el deseo lúdico de romper tanta solemnidad ficticia. 

“En todas partes, máquinas productoras o deseantes, las máquinas esquizofrénicas, toda la vida genérica: yo y no-yo, exterior e interior ya no quieren decir nada”. 

Y sin embargo, ahí estaba la diferencia. En el pedazo de piel al descubierto, que mostraba la marca personal; en los zapatos de un rosado flúo que, lejos de cuestionar cualquier construcción genérica, la exacerbaba, haciendo del estereotipo, un fetiche; o del fetiche, un estereotipo; sinécdoque de lo femenino patriarcal. 
Ahí estaba la diferencia: entre lxs que solo creían mirar y quienes se sabían miradxs. 
Ahí estaba la diferencia entre el artista y la persona común, entre el ejecutante y el artista, entre la performatividad del cuerpo y el ejercicio de la razón, entre lo concreto y lo abstracto. 

Un mundo de binarismos se ocultaba mal ante una supuesta lógica del fluir entre los polos, de negar la diferencia en nombre de la diversidad o de lo monstruoso. ¿Qué cuestionaba, en términos de género, ese traje uniforme que dejaba, no obstante, vislumbrar los cuerpos sexuados? 
¿Qué cuestionaba una mayoría de hombres en el lugar de lxs elegidxs? 
¿Qué cuestionaba aquél que pretendía, precisamente, no estar cuestionando nada? ¿Pretendía no hacerlo o, en efecto, no lo hacía? 

¿Se puede llamar “femenino” al movimiento maquinalmente marica del bailarín de Madonna? ¿O el hecho de que la asignación genérica escape al mandato impuesto sobre un sexo lo vuelve en sí un género otro? 

Subordinación de la diferencia a la identidad. Subordinación de la identidad a la diferencia. La repetición como sustituto de la identidad o de la diferencia, como fuerza positiva con supuestos efectos impredecibles.