jueves, 11 de junio de 2015

Yanov

No recordar el origen. Recordar, sí, la mirada cómplice, la adrenalina, la carrera contra el reloj, pisteando con tu aliento… siempre con tu apuesta fuerte a que podríamos lograrlo. 

Arriesgarse. Arriesgarnos divertidas. 

Ya había un plan B, de todos modos, tan imposible como el otro; igualmente encantador. 

Pero en la de menos estábamos ahí, entre una multitud anónima en la que destacaba la “torta mala”, ésa que miraste con cierta desconfianza, entre los cuerpos otros, los cuerpos-máquina, pretendidamente más anónimos que los nuestros, los de quienes espectábamos expectantes. 

“En todas partes máquinas, y no metafóricamente: máquinas de máquinas, con sus acoplamientos, sus conexiones”. 

Máquina y ser vivo son ambos organismos, sistemas. Un conjunto de componentes que se interrelacionan con arreglo a un fin. Más que la suma de las partes. 
Y ahí estaban los autómatas. Los que se movían de acuerdo a una partitura invisible, repitiendo a un tiempo la rutina individual y la colectiva. Ellxs o nosotrxs, da lo mismo, repetíamos acríticamente el movimiento del sí mismo y el circuito que nos conectaba a lxs demás. Ahí estábamos todxs repitiéndonos. 


Unxs respondiendo automáticamente cuando nuestros cuerpos se interponían en la órbita de lxs performers, atreviéndonos solo a observar a estxs otrxs, a no intervenir. 

“Una máquina-órgano empalma con una máquina-fuente: una de ellas emite un flujo que la otra corta”. 

Todxs teníamos aprendido nuestro papel subiendo y bajando por el ascensor, observando con gesto progresista y cool lo que allí acontecía, lidiando con las estructuras metálicas que simulaban ser el único elemento arquitectónico que condicionaba la secuencia de movimientos, subiendo y bajando escalones. 

Máquina y ser vivo son ambos organismos. Pero uno no piensa; uno no siente. 

“Ello funciona en todas partes, bien sin parar, bien discontinuo. Ello respira, ello se calienta, ello come. Ello caga, ello besa”. 

El embelesamiento ante la obra de arte. El éxtasis. La expresión del concepto o de la emoción. El aura. La certeza de que allí estaba pasando algo del orden, quizás, de lo trascendente. Y, disruptivas, a nosotras se nos antojaba reírnos, se nos escapaba el deseo lúdico de romper tanta solemnidad ficticia. 

“En todas partes, máquinas productoras o deseantes, las máquinas esquizofrénicas, toda la vida genérica: yo y no-yo, exterior e interior ya no quieren decir nada”. 

Y sin embargo, ahí estaba la diferencia. En el pedazo de piel al descubierto, que mostraba la marca personal; en los zapatos de un rosado flúo que, lejos de cuestionar cualquier construcción genérica, la exacerbaba, haciendo del estereotipo, un fetiche; o del fetiche, un estereotipo; sinécdoque de lo femenino patriarcal. 
Ahí estaba la diferencia: entre lxs que solo creían mirar y quienes se sabían miradxs. 
Ahí estaba la diferencia entre el artista y la persona común, entre el ejecutante y el artista, entre la performatividad del cuerpo y el ejercicio de la razón, entre lo concreto y lo abstracto. 

Un mundo de binarismos se ocultaba mal ante una supuesta lógica del fluir entre los polos, de negar la diferencia en nombre de la diversidad o de lo monstruoso. ¿Qué cuestionaba, en términos de género, ese traje uniforme que dejaba, no obstante, vislumbrar los cuerpos sexuados? 
¿Qué cuestionaba una mayoría de hombres en el lugar de lxs elegidxs? 
¿Qué cuestionaba aquél que pretendía, precisamente, no estar cuestionando nada? ¿Pretendía no hacerlo o, en efecto, no lo hacía? 

¿Se puede llamar “femenino” al movimiento maquinalmente marica del bailarín de Madonna? ¿O el hecho de que la asignación genérica escape al mandato impuesto sobre un sexo lo vuelve en sí un género otro? 

Subordinación de la diferencia a la identidad. Subordinación de la identidad a la diferencia. La repetición como sustituto de la identidad o de la diferencia, como fuerza positiva con supuestos efectos impredecibles.

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