Pienso, mientras viajo en el subte, con la sensación aún
fresca de tus labios en mi boca y todavía aturdida por la cantidad de
palabras por minuto que intercambiamos desde este sabernos y
necesitarnos como interlocutoras de vida, que el cierre de esta jornada
se vislumbra soñada.
Bella clase de piano, con disquisiciones sobre la extrema
simpleza de la quinta sinfonía de Beethoven y el poder casi viral (en
términos TIC) de un motivo sencillo que se multiplica y se complejiza,
que se desdobla, que se repite sigiloso, que muta, se expande, se
reduce...
Después la maravillosa sensación de libertad que da burlar
los calendarios, la estricta planificación sobre el uso del tiempo, los
recorridos previstos... y encontrarte en la ciudad, pajarita en
bicicleta voladora, en un paisaje nuevo y con el deseo entremezclado de
vernos y de entregarnos a experiencias que nos transformen.
Así, tomarte de la mano frente a una escena propia del
Laberinto del Fauno... tomarte de la mano para vencer el miedo que
inspira ese Pinocho macabro rodeado de muerte
que nos mira entre perdida y pervertidamente.
Él nos mira verlo.
Nosotras lo vemos mirarnos. Un juego de espejos que estalla en carcajada
y pelotitas de papel.
Y después la luna... siempre la luna, hoy doblemente abrazada por el halo de luz que expande su presencia...
Y nos reímos adolescente y abrasadoramente con juegos de
palabras en un umbral en donde la bohemia desnuda un juego de luces y
sombras en el continuum palermitano.
Me espera todavía mi casa y la escritura, la música tranquila, la luz tenue y el olor a sándalo.

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