"Hay un cordero muerto", advertían insistentes. Como si no supiéramos quién es Artaud, como si los cuentos infantiles no tuvieran su lado terrible. La bruja engorda a lxs niñxs para comérselos, el lobo deglute a la abuelita y le arranca la cola a un cerdito. Barbazul encierra a sus mujeres bajo llave. Y Alicia... qué decir de Alicia...
"Pero mirá que hay un cordero muerto"... como si eso fuera peor que la denuncia acerca del desencantamiento, la conciencia de una especie que ya no se maravilla con los rayos de la tormenta o con el sol, con el sutil velo opalino de la luna y con el murmullo de los arroyos... como si no fuera inmensamente más trágico ver el dispositivo de vigilancia disciplinando la denuncia, el grito que crea y salva; ver ese cuerpo que ha llegado al límite de sus fuerzas y que, sin embargo, debe seguir avanzando.
Decía Artaud justamente: "poco me importa que ante mí se abriesen las puertas más terribles, lo terrible ya estaba en mis espaldas".
No deja tampoco de sorprender la estetización de lo siniestro, nuestra capacidad de ver belleza en la tragedia, y esta obra lograba interpelarnos también en ese punto. Los juegos de luces y sombras, la poesía y una acústica impecable del sonido como metáfora del desgarro interno, de la locura, de las pasiones desatadas que chocan contra las paredes ascéticas del mundo.
Se invocó allí nuestro propio goce morboso ante la contemplación impávida de los métodos de tortura que en algunos momentos hemos legitimado como intrumentos válidos de la ciencia al servicio de cierta concepción de humanidad profundamente deshumanizada. Así el electro-shock, así la sangría. Esa concepción extraña de creer que en el cuerpo encarna el alma, que es posible mutilar el espíritu masacrando la carne... Y no hubo una representación del sufrimiento, no hubo mediaciones. Esos cuellos soportaron el peso de las piedras que les tapaban la boca, los orificios vitales por los que el cuerpo respira...
Brillantes las críticas también... brillantes y filosas como un cuchillo... El artista no debe tener una institución... La promoción religiosa de la antropofagia... La teoría de las dos bocas o de la lengua anal como metáfora de la mirada maníquea.
Y de la oscuridad brotaban las risas. Brotaba la vocecita inocente de Vicente preguntando por el dragón de komodo o por el gato de peluche que flotaba suspendido en el aire, en medio de paredes a medio revocar, en un espacio que tenía más de fábrica abandonada que de casa de altos estudios o de centro de arte experimental...
Por momentos el cielo se metía en la sala por una ventanita que pocxs advitieron y que daba algún respiro a esa atmósfera asfixiante.
Quizás había más de un cordero en ese espacio. Y casi todos muertos. Pero eso no preocupaba a los inspectores.

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